miércoles, 13 de octubre de 2010

TAN PÁLIDO COMO UN MUERTO.


Lo conocí una mañana en el panteón, cuando fui a llevarle flores a mi abuela que no recuerdo. Estaba tan pálido como un muerto y flaco, desnutrido.
Me contó de los muertos, conocía todo de ellos, su color, olor, aspecto incluso el sabor, me sorprendí y no quise preguntar.

Según dijo, la gente al verlo le teme, no sé por qué razón pero mientras más hablaba del tema dejó de sorprenderme la familiaridad con la que trataba el tema de los olvidados, me dio compasión.

Cualquiera pensaría que es un alma en pena en busca de sus seres amados, pero éste no es el tipo de muerto fastidioso que suplica y pide perdón por sus pecados, tampoco de los que merodean de casa en casa asustando niños, el es un vagabundo, y además un vivo que ignora a la muerte jalarle los párpados para hacerle ojeras, la muerte se le resbalaba por su larga cabellera oscura y sucia, lacia, despeinada. La muerte solo pudo llevarse su grasa, no era delgado era más bien un hombre de hueso forrado con piel y pelo.

Camino a casa pensaba en sus ojos tan llenos de nada, no me importó su nombre, me rehusaba a creer que alguien siga viviendo a pesar de haber muerto y no como una metáfora, respiraba, vivía.

Cuando llegué a mi casa el olor de tortillas de harina me calmó las ansias, respiré profundamente y entré con una sonrisa exagerada.

Ahí estaba esa mujer alegre y blanca, sentí conocerla y al mirarme agradeció las flores de ésta mañana.

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